
A pesar de los mil km. de
distancia que las separa físicamente, la trimilenaria
Cádiz y la bimilenaria Zaragoza han mantenido desde hace
siglos estrechos lazos de amistad y relaciones humanas,
económicas y culturales, especialmente desde que en
1870, con motivo del traslado de los restos de Agustina
de Aragón a Zaragoza, se establecieran vínculos
fraternos entre ellas. Con ese motivo, ambas ciudades
dieron el nombre de la otra a una de sus calles. La
zaragozana calle de Cádiz, que aboca al céntrico Paseo
de la Independencia, es arteria muy concurrida, con sus
terrazas de cafeterías, tiendas y cines.
Caesaraugusta era paso obligado en la calzada romana que
desde Tarraco a Gades atravesaba Hispania en diagonal,
poniendo en contacto a personas y a productos agrarios y
artesanales. Esa relación prosiguió después en Al-Andalus
y se hizo mucho más intensa en los siglos XVIII y XIX.
El ilustrado general aragonés Antonio de Ricardos pasó
parte de su infancia y primera juventud en Cádiz, y allí
se formó intelectualmente antes de entrar en la milicia.
Francisco de Goya, el genio de Fuendetodos, se repuso de
una gravísima enfermedad en Cádiz entre marzo y mayo de
1793, en casa de su amigo el comerciante gaditano
Sebastián Martínez, atendido por los expertos médicos
del Colegio de Medicina y Cirugía. En 1796 volvería de
nuevo a tierras gaditanas, a San Lúcar de Barrameda,
donde estuvo dibujando y pintando como invitado de la
duquesa de Alba, y a Cádiz, donde pintó tres cuadros
religiosos para el oratorio de la Santa Cueva. Las
ardorosas prédicas misionales del capuchinos fray Diego
de Cádiz en noviembre y diciembre de 1786 causaron
conmoción entre los zaragozanos. En noviembre de ese año
murió en Cádiz el aragonés Antonio Oliver, teniente
general y gobernador militar de Cádiz, admirado por
justo, virtuoso y pobre, a quien la ciudad de Cádiz pagó
su solemne entierro por no tener bienes ni dinero.
Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814)
Zaragoza y Cádiz padecieron durísimos sitios por las
tropas francesas ocupantes de España. Dos padeció
Zaragoza (1808-1809), y tuvo que capitular tras el
segundo a causa de las muertes provocadas, además de por
las armas, por las enfermedades y el hambre. Cádiz
resistió entre febrero de 1810 y agosto1812 el cerco
francés, y en ella se refugiaron los patriotas y los
diputados de las históricas Cortes de Cádiz, entre los
que destacaron por su protagonismo político los
aragoneses Martín de Garay, Juan Polo y Catalina,
Isidoro de Antillón, Pedro Mª Ric o José Duaso, entre
otros. En la Cádiz sitiada por las tropas napoleónicas
pudieron Juan Gálvez y Fernando Brambila publicar en
1812 su serie de grabados de las “Ruinas de Zaragoza”,
con imágenes del valor de los zaragozanos y de la
destrucción que habían contemplado entre el Primer y
Segundo Sitio de Zaragoza, y que tanto impactaron a los
gaditanos y a los españoles de la época. Agustina de
Aragón fue recibida en Cádiz como una heroína en 1809 y
homenajeada por la Junta Suprema.
Mediado el siglo XIX, en 1863-1864, los hermanos
Bécquer, Gustavo Adolfo y Valeriano, vinculados a las
tierras gaditanas, residieron temporalmente en el
monasterio de Veruela y plasmaron en dibujos y escritos
los paisajes, tipos humanos, costumbres y leyendas de
las tierras del Somontano del Moncayo. A comienzos del
siglo XX, el empresario zaragozano Nicolás Escoriaza
llevó los primeros tranvías a la ciudad de Cádiz. Desde
entonces esas relaciones no han hecho más que
acrecentarse.
Arturo Ansón Navarro
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