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28-06-2010

Municipios

 
 
 

DISCURSO DEL PRESIDENTE DE LA DIPUTACIÓN DE ZARAGOZA EN EL ACTO DE ENTREGA DE LAS MEDALLAS DE SANTA ISABEL

 
 
 

 

 

 

(02/07/2010). El catedrático, Agustín Sánchez Vidal, el empresario darocense de pastas alimenticias, José Romero Lozano, Bomberos Unidos Sin Fronteras-Aragón, Rolde de Estudios Aragoneses y la Asociación de Empresarios Agrícolas de la Margen Derecha del Ebro, son las personas y entidades que han recibido este año las medallas de oro de de Santa Isabel, que concede la Diputación de Zaragoza como reconocimiento a su significativa contribución a la provincia desde distintas perspectivas.

El premio se otorga anualmente con motivo de la festividad de la patrona de la provincia y de la propia diputación, Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal.

Los máximos galardones que concede la institución provincial han sido entregados hoy en la iglesia de Santa Isabel.

Tras las loas de los diputados provinciales a los premiados, el presidente de la institución provincial ha pronunciado su discurso, que puede leerse íntegro a continuación.

En festividades como la de hoy, se omite a menudo el recordatorio correspondiente del personaje titular de la celebración, un olvido poco recomendable cuando estamos hablando de alguien de la talla de la infanta Isabel de Aragón o cuando nos remontamos al mundo político y cultural al que perteneció, que, en algunos aspectos, sigue emitiendo destellos deslumbrantes.

En alguna ocasión, ensalcé a la “reina santa” como mujer culta, políglota, educada en la tolerancia cultural, experta en el arte político del pacto y partidaria de una religiosidad franciscana poco apreciada en las altas esferas vaticanas de la época. Pero rasgos similares adornaron a relevantes coetáneos suyos en aquella Corona de Aragón tan prometedora. Es el caso de Arnaldo de Vilanova, algo mayor que ella, cuyo nacimiento se disputan Valencia y Villanueva de Jiloca y estudioso de la Biblia, del Talmud y de Avicena en sus lenguas originales. O de Francisco Eiximenis, algo más joven, gerundense, al que Salvador Giner considera el mayor pensador político catalán de la historia, reputando su aportación a la filosofía republicana como una de las más descollantes entre las inmediatamente anteriores a Nicolás Maquiavelo.

Hay voces antiguas que no dejan de conmover nunca a las generaciones posteriores y que, al escucharlas, nos ayudan a ponderar adecuadamente nuestro atribulado acontecer actual. Eiximenis es autor de una de esas voces. Su eco puede envolver afanes e inquietudes de cualquier tiempo y, por eso, no he resistido a la tentación de traerlo a colación en el día de hoy, para compartir con ustedes algunas reflexiones.

“Ved cómo la mala vida del gran hombre abre el camino para que los demás hagan igual o peor. Además, el señor que no cumple su ley más bien parece que la tenga por nula, puesto que no quiere cumplirla, y le ocurre como el león, que todas las huellas de sus manos borra al arrastrar la cola”.

Así se refiere Eiximenis al grave daño que causan al país los líderes incapaces de ser ejemplares con su conducta y sus hábitos y con la práctica evidente y recta de las virtudes que predican; los líderes que despreocupada y continuadamente se desdicen de sus principios con sus hechos; los responsables que condescienden con la corrupción conformándose con evitar la rendición de cuentas a base de artimañas leguleyas y difundiendo la sospecha generalizada a través de los voceros afines para difuminar las culpas de los amigos delincuentes.

Eiximenis aconseja prescindir de esa clase de príncipes, pues el resultado de su perverso ejemplo no puede ser otro que la disolución ética de la sociedad y la incapacitación del país para proyectos colectivos de envergadura, para esos grandes proyectos que solo están al alcance de las naciones moralmente sanas y democráticamente identificadas con sus gobernantes, de ciudadanos cercanos a ellos y comprometidos con los mismos ideales.

Tampoco es difícil imaginar la opinión del franciscano catalán sobre el colapso económico internacional de los dos últimos años e incluso me creo capaz de adivinar la recomendación que recibiríamos de un hombre que hace seis siglos escribía que “el especulador deber ser perseguido y expulsado de la comunidad como el peor enemigo de la república, así como los usureros, los prestamistas y toda clase de traficantes, para que la gente no se cargue de deudas ni la comunidad de nada”.

En este momento, estoy seguro de que nuestro fraile filósofo estaría de acuerdo con nosotros en contemplar la especulación como delito en todos los códigos penales del mundo. Consideraría asimismo ineludible obligar a los bancos a que administren nuestros ahorros con la prudencia debida y sin aventurerismos temerarios de los que nunca resultan perjudicados –por cierto- ni los grandes banqueros ni sus remuneradísimos directivos.

Pero, para ello, la política ha de recuperar su espacio y su función. No puede ser que los causantes del desastre nos impongan ahora la solución a su exclusiva conveniencia. Con la determinación republicana de Eiximenis, la política ha de ser capaz de organizar el control y la gobernanza de la economía a una escala tan planetaria como la que hoy dominan sin ninguna traba los mercados financieros, pues, actuando en solitario, los estados no pueden poner coto a sus desmanes.

Es ésta ahora mismo –queridos amigos- la cuestión más crucial a la que nos enfrentamos: o son capaces de embridar a los mercados o la legitimidad de nuestras democracias puede llegar a sufrir un quebranto prácticamente irreversible.

Pero a la república ideal de Eximenis no sólo le sobraban los especuladores que “cargan a la gente de deudas”. Al gerundense le resultaba también inconveniente la excesiva proliferación de gobernantes, abogados, jueces y fiscales, pues de ella –decía- no habían de llegarle al ciudadano más que agravios y ultrajes de toda índole. Dejo para otra ocasión a estos últimos y me centro en los primeros, en los príncipes y los administradores, que se vienen reproduciendo en nuestro país a un ritmo que hubiera sacado de quicio a nuestro paciente franciscano.

La cuestión puede plantearse del siguiente modo. Desde hace unos cuantos años, diecisiete comunidades autónomas disputan al Gobierno de la Nación la titularidad del poder provocando un crecimiento incesante de la administración y de los presupuestos y aminorando notablemente la propia eficacia política del Estado.

Existe, por otra parte, una comunidad política local orgullosa de su condición de tercer poder de ese Estado, una organización única compuesta por ayuntamientos y diputaciones provinciales, que asigna a éstas últimas la función de garantizar la autonomía de los municipios más pequeños; una comunidad política local –señoras y señores- que, frente a las pulsiones centrífugas de las regiones, se ha quedado sola a la hora de vertebrar a España y a la hora de procurar la homogeneidad y la igualdad de derechos de todos los ciudadanos españoles.

Sin embargo, las comunidades autónomas se conducen con una lógica distinta. De la misma manera que tratan de vaciar progresivamente de competencias al Gobierno de la Nación, intentan por todos los medios convertir a los ayuntamientos en simples delegaciones suyas, reduciéndolos a la condición de una competencia más, como la caza o el juego.

En Aragón, los artificios utilizados para ello vienen siendo muy diversos. Pero el más significativo de todos ha consistido en crear unas administraciones nuevas perfectamente innecesarias e irrelevantes con el único fin de sustituir a las diputaciones provinciales.

¿Por qué razón?, se preguntarán ustedes.

Pues porque las diputaciones son el único obstáculo que se interpone en su propósito obsesivo de anular definitivamente la autonomía local. Suplantándolas por la correspondiente versión autonómica, conseguirían desvincular al municipio de la estructura central del Estado y lo suprimirían para siempre como tercer pilar constitucional del mismo.

Es verdad que este dislate vienen agitándolo algunas fuerzas de izquierda al identificar erróneamente descentralización con democratización; también lo alimenta, en no menor medida, la preocupante deriva nacionalista de los gobiernos regionales de cualquier signo y, lo que es peor, las ambiciones obsesivas de dominio –a menudo inefables- de algunas oligarquías territoriales deseosas de desembarazarse de cualquier otro poder que ponga límites al suyo. No es menos verdad que el sentido común no ha encontrado aún patrocinadores potentes en este terreno. ¡Pero qué razón tenía en este punto –también en éste- el franciscano Eiximenis y qué caro nos sale a los españoles este acelerado proceso de disgregación política y de metástasis administrativa, que nadie es capaz de atajar y que lastra el crecimiento político y económico de España de un modo cada vez menos soportable¡

No acaba aquí, por lo demás, el inventario de los problemas que ahora nos acucian y sobre los que nuestro filósofo medieval dejó escritas muy sabias opiniones. Lo que Salvador Giner destaca sobre todo en Eiximenis es su defensa de la virtud cívica, uno de los conceptos más característicos del republicanismo de todos los tiempos. Eiximenis, moralista franciscano, no se hacía muchas ilusiones sobre la condición humana, pero comprendía –aristotélicamente- que era menester confiar en el ciudadano medio, trabajador y honrado, que es el que hace posible la ciudad.

Sin embargo, esa acertada forma de pensar no es precisamente la que se ha impuesto en los últimos años en el mundo occidental, donde las aspiraciones vitales principales las hemos centrado a menudo en el ocio y donde hemos convertido el trabajo en mero recurso para financiar el esparcimiento. No es cuestión de prescindir de Epicuro y de sus enseñanzas. Pero lo cierto es que hemos abandonado demasiado la cultura del esfuerzo y del rigor, hemos prescindido del estímulo y del premio de la excelencia profesional y hemos dejado de identificar esa noble ambición con la parte más esencial del proyecto personal de cada uno de nosotros.

En este momento y en las circunstancias por las que atraviesa nuestro país, recuperar el trabajo como virtud cívica principal es, para mí, una cuestión primordial y, desde luego, el futuro de España se resentirá fuertemente de nuestra eventual incapacidad para lograr buenos resultados en esta trascendental materia, a través de las reformas laborales y educativas que sean necesarias

Autoridades, señoras y señores: llegado a este punto, he de decirles que me parece muy oportuna la decisión corporativa de conceder la medalla de Santa Isabel a zaragozanos que han tenido éxito en empeños relacionados con la organización de la producción o con la producción misma, merced a una feliz combinación de espíritu de emprendimiento, esfuerzo y compromiso. Estoy hablando de la Asociación de Empresarios Agrícolas de la Margen Derecha del Ebro, que articula a uno de los sectores agroalimentarios más potentes de nuestras vegas, y de Don José Romero, empresario ejemplar de Daroca, en el Cuarto Espacio profundo, allí donde la economía no es una posibilidad sino casi un milagro.

Como ya hemos insistido en las reflexiones anteriores, es seguro que existen ahora mismo “príncipes” y burócratas en demasía. Pero no es menos notoria la escasez de profesionales de la clase de éstos que estamos premiando. Es probable que no abunde la ejemplaridad entre la clase política. Pero la encontramos a raudales en estos honrados creadores de riqueza, que la ejercen todos los días sin estridencias ni alardes innecesarios. Es tan abusiva la impunidad de los especuladores que ellos sólos han sido capaces de hundir al mundo occidental en una crisis económica sin precedentes. Pero, para superarla en nuestro ámbito de actuación, en el llamado Cuarto Espacio, tenemos la suerte de contar con empresarios como éstos, que han demostrado su aptitud para crear empleo en un medio económico adverso y que tienen empeñados todos sus saberes y sus capitales en el dignísimo afán de provocar el bienestar material de sus alrededores.

En cuanto a los demás galardonados, lo mejor que esta tarde puedo decir de ellos es que todos y cada uno son exponentes claros del elenco de virtudes cívicas altamente valoradas por aquel Francisco Eiximenis de nuestro recordatorio.

Lo son los Bomberos Unidos Sin Fronteras de Zaragoza, por su concepto y su ejercicio de la solidaridad. Lo es el Rolde de Estudios Aragoneses, por su contribución a la investigación y difusión de la cultura regional.

Y lo es, sin duda alguna, nuestro admirado Agustín Sánchez Vidal, del que siempre nos hemos sentido orgullosos por ser de los pocos hombres de letras aragoneses que han alcanzado reconocimiento y brillo fuera de Aragón, en el terreno de la novela y, sobre todo, del ensayo. Hace tiempo que el profesor Sánchez Vidal viene siendo acreedor de nuestra medalla. Pero en la edición de este año hay una razón de oportunidad añadida que es la celebración del centenario del poeta Miguel Hernández, cuya obra nadie ha estudiado y explicado mejor que él. Sólo por ese motivo, Agustín merece sobradamente esta distinción, así como todas las que, en este año de exaltación hernandiana, decidan las instituciones españolas otorgar.

Queridos galardonados: en este templo dedicado a Santa Isabel ha venido levantando la Diputación Provincial en los últimos años el altar de sus más estimadas devociones cívicas. En él habría de figurar sin duda aquel ilustre filósofo catalán del que con tanta admiración les he hablado esta tarde. Pero, en el día de hoy, el testimonio que aposentamos para siempre en este reverenciado altar es el suyo, el de ustedes, y yo les agradezco sinceramente que nos hayan permitido hacerlo.



 
 
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