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(30/03/07). El día 26 de marzo de 1999 se inauguró la
sala de exposiciones del Taller-Escuela de Cerámica de Muel de la
Diputación Provincial de Zaragoza con una gran exposición temporal
dedicada a Picasso en la cerámica. Ocho años después y tras haber
recorrido un camino firme presentando a algunos de los principales
ceramistas y talleres, Muel vuelve de nuevo a la fuente, a un Picasso
primordial, inspirador de la obra de Jean Cocteau. Cocteau fue un
artista proteico, enfant terrible e inclasificable que ha pasado
a la posteridad con igual mérito como poeta, novelista, ensayista,
dramaturgo, realizador cinematográfico y artista plástico.
Dentro de esta última faceta, desarrolló un particular
estilo como dibujante que empleó a fondo como ilustrador de sus propias
obras y de las de otros escritores por él queridos. De su dibujo limpio,
puro, picassiano, cultivado con aplicación desde sus años escolares,
salió su producción cerámica que se podría calificar de “poesía
gráfica”. A la cerámica llegó por impulso de su amigo Pablo Picasso,
quizás algo tarde pero con fuerza y en los seis años que le ocupó esta
dedicación, desde 1957 hasta su muerte en 1963, realizó más de
trescientos objetos entre cerámicas tradicionales y poemas-objeto
realizados en barro.
Martine Soria, comisaria de la exposición, ha realizado
una selección de la labor como ceramista del autor de Les enfants
terribles, una muestra significativa y aventajada para conocer mejor
la sangre del poeta.
Jean Cocteau, figura proteica:
Intelectual y artista multidisciplinar, Jean Cocteau
goza de un aura que traspasa ampliamente las fronteras francesas y el
público, en general, conoce su obra, o por lo menos, una parte de sus
escritos, de su filmografía o de su teatro. Son muchos menos los que
conocen su trabajo como artista plástico y en general, sus
investigaciones, en las que experimenta técnicas diferentes para abordar
el campo artístico. Su «vocación tardía» se inscribe plenamente en una
trayectoria plástica, a su vez solidaria de una obra intensa en su
globalidad.
La sala de exposiciones Enrique Cook del
Taller-Escuela de Cerámica de Muel presenta los testimonios artísticos,
alianzas entre la tierra y el fuego, de este «frágil genio», de cuya
omnipresencia en el escenario cultural conviene recordar su faceta de
novelista (cuatro obras como «El Potomak» (1919), «Tomás el
Impostor» (1923) y «Los Niños Terribles»,1929); el menos celebrado poeta
(siete libros y sobre todo «La Danza de Sófocles» o «El Cabo de Buena
Esperanza»); cineasta (seis películas, de las que «La Sangre de
un Poeta» (1930); «El Eterno Regreso» (1943); «La Bella y la Bestia»,
(1945); «Orfeo» (1950) y más tarde «El Testamento de Orfeo», en 1959);
dramaturgo (siete obras, entre ellas «La Máquina infernal» (1934)
y «Los Padres Terribles»,1938), obra ésta que permanece eternamente de
actualidad.
La obra de cerámica de Jean Cocteau reúne más de
trescientas piezas que realizó con pasión durante los últimos años de su
vida. A finales del año 1957, conoce a la pareja de alfareros Marie-Madeleine
Jolly y Philippe Madeline y les expone sus proyectos: «Quiero aprender
cómo traducir esto a vuestro idioma».
Este nuevo aprendiz de 68 años aprendería rápido. Todos
en el taller se sentirían subyugados por ese genio que lo entiende todo,
lo ve todo, que posee esa facultad extraordinaria de impregnarse de las
cosas, esa creatividad sin límite que ya ha deslumbrado a cineastas,
litógrafos y otros vidrieros que le ayudaron técnicamente.
Algunas pruebas de piezas esmaltadas y decoradas según
las prácticas de la época fueron decididamente descartadas, tal y como
lo cuenta en el «Diario de un desconocido»: «Toda obra convincente con
demasiada celeridad será una obra decorativa o de fantasía», también es
válido para su obra cerámica. La parte del fuego en la pieza esmaltada
comporta demasiadas incertidumbres, «no es suficientemente precisa».
Instintivamente se aproxima al arte etrusco cuyo rigor
admira, para dejar una obra exigente, necesita contradecir su época y
volver hacia el gran clasicismo. Retomando por su cuenta la frase de su
amigo Picasso, «Encuentro primero, luego busco», acecha lo superfluo,
trabaja con ahínco, depura hasta volver a encontrar la libertad del
esbozo, ya que «la elegancia cesa si se resalta demasiado».
Para evitar las trampas de «lo bonito» y guardar
intacta esa línea que debe reflejar la permanencia de la personalidad
del artista, revoluciona el taller que se transforma en un laboratorio
de investigaciones. Elige definitivamente decorar sus piezas sobre el
barro desnudo «como un tatuaje en una piel bronceada por el sol»,
contraste chocante del hilo de esmalte brillante sobre la materia bruta.
Marie-Madeleine Jolly redescubre para él las técnicas
ancestrales de los engobes (barros líquidos coloreados con óxidos que
decoran las vasijas etruscas que tanto admiró en Roma). Como dibuja a
menudo directamente en los platos, inventa para su uso lápices de óxidos
que soportan la cocción; este procedimiento le permitirá una gran
soltura, pues, ante todo es grafista.
Al hilo de los meses la colaboración de Jean Cocteau y
de sus alfareros se intensifica, «es el fuego de la amistad y la amistad
del fuego», diría él en su primera exposición en Villefranche–sur–Mer.
Durante esos años, multiplica las experiencias gráficas y plásticas que
naturalmente vendrían a impregnar sus cerámicas: efectos de guache,
colores francos, pasteles, acuarelas, cualquier cosa inimaginable hasta
entonces en semejante soporte.
Las formas del taller no bastaban ya a su imaginación y
crea una serie de piezas con formas de Fauno y Arlequín que sorprenderán
a sus contemporáneos ilustrando su celebre frase: «No sabíamos que era
imposible, así que lo hemos hecho». |